Limpiar las escaleras, recoger la basura, recibir paquetes, cambiar una bombilla, guardar las llaves de un vecino que se va de vacaciones, llamar a mantenimiento, abrir la sala de calderas, regar las plantas e incluso sofocar un incendio. Joaquín Sánchez tiene una segunda familia en el número 6 de la calle Rodríguez Fabrés.
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Lleva toda una vida cuidando de los vecinos que, en los últimos años, han pasado por el edificio del que lleva siendo portero 35 años -y no conserje porque él es uno más-. Y lo más asombroso es que tiene grabadas en su memoria las muchas caras con las que se ha cruzado hasta ahora. También sus nombres y sus apellidos. Sin olvidarse de aquellos que ya no están. Podría ser un don, pero lo cierto es que, a un año de su jubilación, este guardián, y 'héroe' a la vez, se ha ganado a pulso el cariño de las 70 personas con las que comparte su día a día.
Han sido muchas las horas que ha pasado tras la ventanilla en la que ha tenido que escuchar alegrías, quejas y tristezas y desde la que también ha visto crecer a sus hijos. De hecho, 'nota' cierto cansancio, aunque también siente algo de melancolía. Sin duda, echará de menos ser el defensor de tanta gente.
En la zona centro de la ciudad, su papel está en peligro de extinción. Aunque los pocos porteros que quedan en los edificios de la capital unen muy de vez en cuando fuerzas y comparten experiencias, además de impresiones, ser portero parece llevarse cada vez menos. Algunas comunidades de vecinos buscan aminorar gastos, pero, para Joaquín Sánchez, la 'mano amiga' que supone su figura no la tiende cualquiera. Es irreemplazable. También para los vecinos a los que ayuda siempre que lo necesitan. Una de ellos, Paquita, siente alivio cuando le toca salir a hacer la compra. El hecho de que Joaquín esté detrás de su ventanilla en el momento en el que llega cargada con su carro y sale para atenderla le da la vida cuando no están sus hijos. Ella sola no puede con tanto peso. «Joaquín es un sol. Siempre que llego con el carro, me ayuda. Es un alivio tenerle como portero. Siempre está dispuesto a ayudarnos. Cuando se va de vacaciones, se le echa mucho de menos», asegura.
«La figura del portero merece mucho la pena. Siempre es agradable ver una cara conocida al entrar en un portal y más en las comunidades grandes», afirma Joaquín Sánchez, que rememora algunas de las anécdotas que ha vivido junto a la que lleva siendo tanto tiempo su segunda familia, sorprendiéndose por la capacidad que tiene para recordar a todos los que han pasado por el edificio que cuida: «Han pasado 35 años y no me he olvidado de ningún nombre y de ningún apellido. Sé cuántos hijos tiene cada vecino, a qué se dedican… El de portero es un trabajo muy bonito porque tratas con muchísima gente y, además, con gente muy diferente».
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Pero, en la vida de un portero, no todo es alegría. Joaquín Sánchez también ha tenido que lidiar con algunos sinsabores e incluso ha tenido que sacar su capa de héroe. Es escuchar hablar de la tragedia que, hace apenas dos meses, se vivió en el barrio valenciano de El Campanar, donde el incendio de un edificio dejó 10 muertos, y se le eriza la piel.
Él nunca ha vivido una situación tan grave como esa, en la que, precisamente, el portero del inmueble fue quien fue llamando puerta por puerta para desalojar a todas las personas que vivían en el mismo y salvar sus vidas, pero sí ha tenido que enfrentarse a algunos sustos. De hecho, nunca se olvidará del momento en el que la hija de una vecina le avisó sobresaltada porque la lavadora de su madre estaba ardiendo. Por aquel entonces, él estaba en su pueblo y tuvo que venir a contrarreloj. No pudo evitarlo. Tenía que 'echar un cable' junto a los bomberos.
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«En este edificio, he vivido muchas cosas. También he hecho de niñera cuidando a muchos niños. Cuando llegué a este edificio, apenas había dos o tres. Ahora, las cosas han cambiado», afirma entre risas, añadiendo que le parece «muy agradable» ver cómo los niños corretean de un lado a otro.
Otra de las cosas que tampoco olvidará Joaquín Sánchez es la época en la que la pandemia del coronavirus lo puso todo patas arriba. «Fueron unos meses angustiantes. Nosotros teníamos una médica en el edificio y a mí me mandó recoger mis cosas de la ventanilla y subirme a casa. La vida me dio que yo vivo arriba y que podía salir a una terraza que tenemos. La pandemia del coronavirus ha sido una de las cosas más duras que se han vivido en este edificio. Dejó tocada a mucha gente», sentencia.
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