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«Fue un momento muy doloroso». Así recuerda Natalia Polishchuk su marcha de Ucrania cuando tuvo que dejar el país junto a su familia por la guerra. Ahora, llevan casi tres años en Salamanca. «No pensamos que fuera a llegar al punto de tener que marcharnos de nuestra casa, no queríamos abandonarla», se lamenta esta mujer.
En febrero de 2022 estalló la guerra entre Rusia y Ucrania. El Gobierno ucraniano ya había avisado a los ciudadanos para que prepararan un kit de emergencia cuando empezó la guerra, y eso fue lo que hicieron Natalia y su familia, algo similar a lo que la Comisión Europea ha pedido este miércoles a los ciudadanos europeos, para garantizar su supervivencia al menos 72 horas, en el marco de su estrategia para elevar la preparación ante crisis.
«Entre las muchas cosas que guardamos en nuestra casa, el kit de emergencia con artículos esenciales no era algo sin importancia. Porque es precisamente lo que se vuelve crucial para tu vida en ese momento, como los consejos sobre cómo sobrevivir en caso de peligro, hacia dónde ir y qué hacer», reconoce Natalia.
Los ucranianos, incluso antes de la guerra, recibían información sobre qué llevar consigo en caso de amenaza. «Desde los primeros días de la guerra, el gobierno difundió información sobre el kit de emergencia. Recuerdo que tenía una maleta de este tipo en casa. Lo más importante: documentos para poder identificarte, medicamentos que podrían no estar disponibles si te encuentras en una larga cola en la frontera, en un tren de evacuación o en un refugio antiaéreo. También agua y comida para tres días, dinero en efectivo teléfono móvil, cargador, productos para la higiene, ropa cómoda, ropa interior, toallitas, papel higiénico e incluso números de teléfono escritos aparte», cuenta esta ucraniana, recordando que también había personas que se anotaban los números de teléfono en sus manos por si sus teléfonos se quedaban sin batería y no podían acceder a ellos.
«También llevamos juguetes, imprescindibles para que los niños se entretuvieran, y ropa, en este caso de invierno, porque era pleno febrero», cuenta. Aunque ya tenían su kit de emergencia preparado, añadieron algunas maletas más para poder llevarse todo lo posible a su nuevo destino. «También me llevé recuerdos, como algunos regalos que mi esposo me había hecho. Metimos todo lo posible pero no te puedes llevar toda tu vida en una maleta», reconoce.
Aunque se muestra totalmente agradecida a Salamanca por ser el lugar que la ha acogido, reconoce lo complicado que ha sido y sigue siendo adaptarse a otro país después de casi tres años. «Lo que no se puede llevar en una maleta son las costumbres, el idioma o las tradiciones de tu país. Al final ahora nosotros somos una especie de 'persona híbrida' entre las dos culturas», explica.
«En momentos así, en los que ves la amenaza de cerca, comprendes que tu vida puede reducirse a una sola maleta y que la evacuación o la emigración pueden cambiarla para siempre. Al hacer la maleta, miras tu casa desde el punto de vista de la seguridad y lo más esencial. Es amargo darse cuenta de que tienes que dejar atrás todo lo que quieres», cuenta.
La incertidumbre sigue estando presente en la vida de Natalia, sin saber cuándo podrá regresar a su casa. «Creo que nadie merece que su vida sea destruida. Y aún temo por mi seguridad y la de mis hijos si regresamos, porque la guerra todavía continúa», explica, sin olvidar ese momento en el que tuvieron que coger sus pertenencias y dejar su casa sin saber cuándo regresarán.
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