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Enfermero, supervisor de planta, sindicalista de CSIF, profesor en la Facultad de Enfermería... Después de 43 años dedicados a la sanidad -y más de la mitad de ellos en el Hospital de Salamanca-, Alberto Molina es una de las personas más conocidas en el ámbito de la sanidad salmantina.
Hace apenas un año le llegó el merecido momento de la jubilación, los viajes, pasar más tiempo con la familia... pero la paz le ha durado muy poco. Acaba de ser intervenido de urgencia a causa de un tumor cerebral que le ha desplazado -a la fuerza- al otro lado de la barrera: de enfermero a enfermo.
«Todo empezó porque mi mujer y otros familiares me decían que me veían inestable, que me inclinaba hacia un lado y también un poco despistado. El médico pensó que podía ser una depresión post-jubilación, pero charlando con un urgenciólogo amigo me dijo 'Alberto, te pasa algo porque no eres el de siempre' y tras solicitar un TAC descubrieron el tumor», relata el propio Molina.
Desde ese momento ha pasado por un proceso de pruebas de imagen, analíticas y prueba de anestesia que le han recordado su trabajo como enfermero y le llevan a darse cuenta de lo duro que es ser el enfermo: «Yo sabía todo lo que me estaban haciendo, pero desde la cama se ve de otra manera. Cuanto te quitan el tubo en la UCI se pasa muy mal, el drenaje duele, el cerrar el agujero del drenaje con puntos a pelo y sin anestesia también duele, pero me he portado como un jabato porque he sentido de cerca lo maravillosa que es la gente del Hospital de Salamanca. En la UCI eran muy jóvenes y no me conocían, pero me han atendido con un cariño y una empatía que se agradece mucho cuando te ves en esa situación».
Sabía de la complejidad de la cirugía y reconoce que sentía «mucho miedo solo de pensar que te tienen que abrir la cabeza», pero se ha sentido muy respaldado. «Framiñán el radiólogo, Agustín de Anestesiología, el jefe de Neurocirugía, Daniel Pascual... Qué pedazo de profesionales tenemos».
Tras una intervención de ocho horas en quirófano, un día en UCI y un periodo más largo en planta, Molina sale por su propio pie y sin secuelas: «¿Milagro? De eso nada. Esto es el trabajo bien hecho de gente muy formada y con humanidad», dice.
Aunque el tumor ya tenía unas dimensiones considerables cuando fue detectado, la intervención ha sido exitosa y los profesionales indican que se ha resecado de manera efectiva. «Les pedí que me dejaran lo que sobra para un caldo, pero no ha podido ser», bromea Molina.
Reconoce, incluso, que se arrepiente de algunas de las críticas al nuevo Hospital que defendió cuando ejercía como representante sindical: «Recuerdo que fui muy crítico con este hospital, pero cuando el Hospital te tiene que atender ves que está construido con cabeza. Está bien hecho y la tecnología es puntera. En España hay pocos así y en Castilla y León, ninguno».
También entonó el 'mea culpa' por otros asuntos pasados: «En su día registré quejas contra los anestesistas y ahora veo que no, que me equivoqué, aunque ya pedí disculpa con anterioridad a todo lo que me ha pasado y me parece de recibo ser agradecido».
¿Y a partir de ahora, qué? El enfermero enfermo tiene la esperanza de «pasar a ser un jubilado de verdad», sin sustos tan grandes, y reafirma un propósito que afecta también a sus seres queridos: «Intentaré dejarme cuidar, que es difícil eso cuando te has dedicado a lo contrario. En algún momento te ves en la cama y no digo que me sintiera minusválido, pero es fastidiado estar enfermo, saber lo que te están haciendo y que tú no puedas hacer mucho más. Tan solo dejarme hacer y agradecer a la vida todo lo que tienes».
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