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El cobijo de los niños repudiados en Salamanca

El cobijo de los niños repudiados en Salamanca

Las casas de expósitos eran instituciones que resolvían el grave problema de la Salamanca del siglo XVIII, la maternidad no deseada. Esta es su historia

Lunes, 11 de marzo 2019, 21:43

Las Casas de expósitos eran instituciones que resolvían el grave problema existente en la sociedad de la Salamanca del XVIII, la maternidad no deseada. Un centro que acogía al bebé sin el daño del abandono. Una casa con torno para tener, generalmente la madre, la libertad de depositar en él al recién nacido sin ser vistos por la monja que los recibía.

Desde el siglo XVIII, la Diputación Provincial archiva en los llamados “Libros de asiento y mayordomía” la vida de los niños desde que ingresaban en los hospicios de Salamanca, Béjar y Ciudad Rodrigo.

El origen de la palabra expósito viene del latín ex positus (puesto fuera), es decir dejar fuera de la casa al neonato no deseado. Si en la cédula de identificación que entregaba la madre no se indicaba el nombre del niño o cuál querían que fuera, los recién nacidos eran llamados con apellidos que delataban su condición de abandonados, es decir con el nombre del santo del día (San Juan, San Lorenzo, Santa Teresa), términos eclesiásticos (De la Iglesia, De la Cruz) o directamente Expósito, apellidos que existen en la actualidad.

Ya en 1701 Fray Tomás de Montalvo destacó una frase en la que definía a los niños expósitos. La frase fue recogida por María Fernández Ugarte: “Los expósitos por la mayor parte son hijos de culpas deshonestas, punzantes espinas que continuamente quebrantan el interior de las madres con los temores del riesgo de la fama, y embarazo de la educación”.

Tres eran las principales causas por las que los niños ingresaban en el hospicio. Una de ellas era la de orfandad, entonces los niños entraban a la edad en la que se quedaban solos en el mundo; otra era por la pobreza que acusaba la familia. Los padres no podían mantener a los pequeños e ingresaban a los niños en la Casa. La tercera era una causa moral, la honra. La pobreza puede ir muchas veces acompañada por la deshonra, aunque muchas veces las madres mentían. El abandono de niños por ilegitimidad doblaba en Salamanca en el primer cuarto del siglo XVIII a los abandonados por pobreza.

Libros de asiento

La Diputación Provincial conserva una buena serie de documentos, si bien faltan los libros de cinco años. En los documentos no sólo se registran los nombres de los niños que entraban cada año en la Casa Cuna, sino también los que estaban bajo el control de la inclusa, aunque residiesen fuera de ella. Como desvela María Fernández Ugarte en su trabajo “Expósitos en Salamanca a comienzos del siglo XVIII”. “Sólo la muerte o la reinserción de las criaturas en la sociedad, en cualquiera de sus formas (recuperación familiar, adopción, etc.), hace que se cierre su registro. Esto llevó a que los libros se dividiesen en dos partes, la primera dedicada a los niños que seguían bajo la tutela de la Casa y la segunda en la que consignaban a los recién ingresados”.

La mortandad infantil en la primera mitad del siglo XVIII en Salamanca alcanzaba el 40 por ciento de la población

Y en los libros de asiento quedaba registrada la fecha de ingreso del niño, su nombre, la cédula, si la llevaba. Esta cédula permitía identificar a cada niño en el caso de una posible recuperación por parte de sus familias. A este mismo objeto respondían otra serie de elementos que frecuentemente acompañaron también a las criaturas: cintas de colores, anillos, pendientes, medallas, cruces, ropas “Hemos encontrado un caso penoso de una pequeña marcada a hierro en una pierna”, denuncia María Fernández.

Hijos del cura

Pocas son las cédulas que de forma expresa y clara señalan a un niño como ilegítimo. Además, se cree que los expósitos ilegítimos eran abandonados a altas horas de la noche, aprovechando la oscuridad y lo desierto de las calles. Medidas de precaución que resultaron en muchos casos perjudiciales para la salud de los niños. La abundancia de vestiduras y la presencia de objetos valiosos hacen pensar en la riqueza de las familias y que eran hijos ilegítimos.

En los archivos de la Diputación se registran un buen número de cédulas en las que están escritos los deseos de las familias para los hijos que se ingresaban en la inclusa. En algunas cédulas se indicaba que bautizaran al recién nacido con nombres de hombre o de mujer lo que indicaba que la madre no quería ningún vínculo afectivo con el neonato.

La deshonra era uno de los males endémicos de la Salamanca del siglo XVIII, de ahí que en muchos casos las cédulas denunciaran “Aquí consta mi nombre y naturaleza. Mirad por mí, soy inocente”.

En el libro de asientos de niños expópsitos de 1713 se encuentra la cédula con la que fue abandonado Juan de Lorenzo el 8 de enero. El caso resume una época. “Echáronle en casa el 8 de enero de 1713 a las 10 y media de la noche con cédula que decía: Mi madre se bien sé quien es, mi padre no lo sé cierto. Deseo me pongan Juan y sobrenombre Lorenzo. No vengo bautizado por ser de muy poco tiempo. Quien me parió bien halla y quien me hizo reciente, que no merece mi sangre el verme de aquesta suerte. La que la leche me diere no tendrá mala fortuna, porque el padre que me hizo dicen será luego cura”.

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