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Apenas llevábamos una semana en la Universidad cuando fuimos víctimas de la novatada. Los compañeros de la primera promoción, nosotros pertenecíamos a la segunda, nos ... transmitieron la convocatoria fake de una conferencia a cargo de un periodista estrella del diario El Mundo, que en 1989 era aquella cabecera joven, agresiva y refrescante que tensaba la política española, destapaba obscenos casos de corrupción y hacía bailar su sección de Internacional al trepidante ritmo de la CNN. Aprovecho, por cierto, para saludar a los grandes profesionales y buenos amigos que conservo en esa redacción. El caso es que nos presentaron al supuesto fotógrafo que, arriesgando su vida, había logrado sacar de China los negativos, entonces se hacían así las fotos, de la masacre de la plaza de Tiananmén. Nos relató, ufano, su heroica hazaña profesional y respondió incluso a nuestras imberbes preguntas. ¡Qué cuajo! Confieso, estulta inocencia, que me tragué la batallita con la boca abierta. Se me cerró de golpe la mañana siguiente, cuando caí del guindo al darme de bruces en la cafetería de la Ponti con el farsante, Fernando Gordón, hoy dedicado a la comunicación sanitaria y urdidor de aquel embuste, al que todavía no he agradecido, por cierto, que con sus secuaces nos diese aquella primera lección de periodismo. Las estrellas, a Hollywood. El periodismo es una carrera de fondo que requiere de una gran capacidad de resistencia marinada de humildad y compañerismo, en la que las heroicidades personales, y esto solo lo confirman las décadas de permanencia, nunca llegan a la tinta sobre el papel. La profesión va por dentro.

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