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A los estudiantes de periodismo de principios de los noventa se nos aleccionaba sobre la conveniencia de que los medios de comunicación social no informasen ... acerca de los suicidios para evitar el “efecto Werther” o efecto de imitación. Todavía hoy se puede leer en los libros de estilo de los grandes periódicos nacionales máximas como “los suicidios deberán publicarse solo cuando se trate de personas de relevancia o supongan un hecho de interés general” o “el suicidio solo es noticia cuando el autor es un personaje relevante o cuando se convierte en un hecho significativo por la forma de llevarse a cabo, la edad o el problema social que se esconde detrás”. Por este motivo, los lectores se han venido encontrando con la realidad del suicidio exclusivamente a través de la literatura: desde el Antoine Roquentín de Sartre y su existencia-náusea hasta la obsolescencia programada del sentido de la vida de Camus, pasando por los deliciosos Estragón y Vladimiro de Samuel Becket, en “Esperando a Godot”, a los que solo su propia torpeza salva del suicidio, entendido este como el fin de la esperanza.

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