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A pesar de sus carencias, nuestro callejero es pura lírica. Desde la calle del Silencio, tantas veces paseada por César Real de la Riva, ... padre de la versión moderna de los Cursos Internacionales de Verano, a la de Ovohambre, llena de misterio y aromas a chocolate, que han sustituido a viejos olores de tahona. El callejero salmantino debería avivar el seso de los poetas más urbanos como alentó la imaginación de Botelho de Moraes en su libro sobre las cuevas de Salamanca, porque en su nomenclátor hay Fe, Aire, Lucero, Cáliz, Consuelo, Parra, Correhuela, un Pozo Amarillo, un Pedro Cojos y una Adela Lastra, que nunca existió y no hay otra igual en los callejeros nacionales. Hay una “calle de la calle”, que esto significa calle de la Rúa, que en algún momento perdió su nombre original de Rúa de los Francos. ¡Cuánta gente ilustre ha pasado por ella! Alguna lo dejó por escrito como Pedro Antonio de Alarcón dejó constancia de sus dos días de Salamanca. Pasa por ella con frecuencia Maribel Andrés Llamero, que acaba de ganar el Hiperión de poesía con su “Autobús de Fermoselle”, poemario de la España vacía y vaciada lleno de recuerdos y reivindicaciones, que sucede a “La lentitud del liberto”, que ya elogiaron Antonio Colinas y Ben Clark, que algo saben de poesía. Tiene que haber un Pablo Guerrero o Paco Ibáñez de nuestros días que le ponga música a su poema “La nieta del molinero”. Y la cante. La poesía de Maribel espanta todas las sombras como la luz del medio día. Lea sus versos. De la Rúa sale la calle del Jesús, citada por Espronceda como calle del Ataúd, por su forma, y qué pena que Sánchez Babero le quitase el nombre de Neverías a una calle tan refrescante en verano. En el Pozo de Nieve y la calle Neverías nacieron los helados salmantinos: ¿dónde si no? De los helados hay mucha literatura. En nuestro callejero, también.
Hay un Tostado en el callejero, cuya calle aparece flanqueada por dominios de Letras. La Plaza de los Caídos es más de Ciencias. Entre medias hay Mazas y una Traviesa, que hace justo eso, atravesar el corazón de las Escuelas por su ventrículo derecho o izquierdo, según se mire. Un relieve de San Juan de Sahagún recuerda que ahí vivió. Una cuestión de fe, como la que da nombre a una calle vecina, estrecha, no como Ancha, que se adentraba en el barrio del pecado, del que fue pupila María Magdalena, la protagonista de la novela a la que da nombre y escribió una salmantina, Matilde Cherner, obligada a usar un seudónimo de hombre, Rafael Luna, porque aún no sabían del “me too”. Murió el 15 de agosto de 1880 en la madrileña calle de la Palma, recordando, quizás, otra Palma, que daba nombre a la arteria de aquel Barrio Chino, el arroyo de la Palma. El hambre y la miseria pasó por aquel barrio como un Rodillo, otro nombre de nuestro callejero, con su Grillo –cerca de la casa natal de Bretón—Lapa, Rabanal, Banzo, Clavel, Azafranal, Trilingüe --¿vivió aquí Juan del Enzina—con sus calles de Arriba y de Abajo, porque todo lo que sube baja, y su plaza de Los Bandos, que tanto nos retrata, une y desune. Al lado de Arriba y Abajo, en la calle Sorias, estuvo durante la Guerra la emisora que precedió al Servicio de Socorro de Radio Nacional, cuyos mensajes nos ponían en alerta sobre qué le habría pasado a su destinatario, cuya familia urgía en encontrarlo. Nunca supimos el final de aquellos avisos.
Los nombres de nuestras calles son notas a pie de página de la historia de Salamanca. Estaría bien que sus placas no fueran tan escuetas. Calle del Rodillo, antes de Cantarranas. Pues eso.
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