Si no fuera porque yo misma le pregunté a Pedro Sánchez, y no una, sino tres veces a lo largo de una misma conversación en la Embajada de España en Berlín, si no estaría dispuesto a negociar una gran coalición con Rajoy, albergaría ahora mis dudas. En España no hay una gran coalición porque hay un Pedro Sánchez, que desde el principio desterró esa posibilidad porque no entiende otra forma de estar en política que no sea la de ser él el gallo en el corral. Fue en mayo de 2016 y hay testigos. La decisión alemana, de cajón de madera de pino democrático, de reunir una gran fuerza parlamentaria de centro para hacer frente a grandes desafíos que requieren pactos de Estado, despierta ahora en España una retahíla de declaraciones políticas que no son sino despropósitos, en boca que personas que no saben de lo que hablan. Y en todo caso, Pedro Sánchez, el gallo impostor, ha arrastrado a su partido a tal estado de desfachatez, desvergüenza e inoperancia, que ninguna otra formación medio decente podrá en mucho tiempo plantearse gobernar con él, por motivos de higiene democrática.

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Y todavía es más preocupante que, en un momento en el que se están volviendo a repartir las cartas de la geopolítica global y, como consecuencia, cambiando los equilibrios de poder en Europa, este Ginés de Pasamonte acabe preso de un cordón sanitario por parte del resto de nuestros socios por sus desmanes. Mientras se forjan nuevas alianzas de inteligencia y defensa, nuevos paraguas nucleares disuasorios, nuevos acuerdos energéticos y de suministros, el gobierno de España se dedica repartir el dinero de los contribuyentes, que somos nosotros, como caramelos al viento en los bautizos de antaño, a la rebatiña. La OTAN se prepara para una crisis, y decimos crisis cuando queremos decir guerra, y España despilfarra el dinero de los hospitales y los colegios, de las pensiones y de las infraestructuras, incluso de las armas que vamos a tener que aportar si queremos entrar en el nuevo club de la defensa, en una orgía de condonaciones de deudas autonómicas que debería denunciar de oficio algún fiscal, si es que lo hubiera, porque no pagamos impuestos para que ningún gobierno los queme en su desesperada hoguera de supervivencia, ni los malbarate premiando a administraciones disfuncionales. Y mucho menos un gobierno que lleva tres años sin aprobar unos presupuestos, que es a lo que vienen los gobiernos.

Cada titular de esta legislatura deja letraherido al ciudadano medianamente consciente. Cada ocurrencia, una lanzada a la razón de Estado. No se nos condonan ni por caridad los dos años que nos quedan y después de los que, me temo, España habrá quedado como un erial, presa fácil de desaprensivos y malhechores.

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