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Ha venido a ser la inteligencia artificial la que descifre en serie las tablillas en las que quedó constancia del nacimiento de las civilizaciones. Y aunque destacan delicias de textos como la Epopeya de Gilgamesh, lo cierto es que predominan los documentos estatales de registro. Desde que los sumerios inventaron la escritura cuneiforme en Mesopotamia, hace unos 4700 años, se ha venido registrando listas, tablas y decisiones. En definitiva: hechos. Traducidas, suenan más o menos así: «250 gramos de oro, 500 gramos de plata, vacas cebadas, 30 litros de cerveza». Gastos en peces y aves. Entregas de grano y harina, lana y mantequilla. También hay planos catastrales de los campos. Nombres y profesiones, quién corta las piedras y quién barre el suelo en el templo. O que ha muerto una oveja. Esto me lo explicaba recientemente Sébastien Rey, jefe de un proyecto de excavación en Girsu, seguramente la ciudad más antigua del mundo. Aburrido, pero eficiente. En ese rosario de insípidos datos queda retratado el Estado desde siempre, que no es otra cosa que eso: listas, tablas y decisiones. Lo digo porque estamos a punto de celebrar el Debate sobre el Estado de la región y desearía que sonase así de soporífero: lo que hemos hecho, lo que falta por hacer; datos y propuestas; carencias y estrategias.

Seguramente no se cumpla mi deseo y las Cortes se conviertan de nuevo en patio de corrala. Como si los diputados regionales, en lugar de dignificados representantes de todos nosotros, fuesen twiteros, tertulianos o columnistas. Y no lo son. Cada uno en su sitio. Mañueco no es presidente del Partido Popular, sino presidente de todos los castellanoleoneses, por lo que cabe esperar de él una exposición precisa, proporcionada e incluso elegante. Tudanca, aunque venido a menos entre los suyos, no ejerce para el Partido Socialista, sino para todos nosotros el necesario y vital papel de contrapeso y control democrático. Con datos en la mano, con rigor y severidad, pero sin bajezas. La casa parlamentaria merece un respeto y nosotros también. Por eso yo querría escuchar un debate apaciguado, sin insultos, injurias ni agravios. Sin ofender. De espaldas al oprobio y al vituperio. ¡Que estamos en el parlamento regional, señores! Aparquen por lo que más quieran el «y tú más», prescindan del escarnio y la mofa. ¡Compórtense! Los castellanoleoneses merecemos un debate de altura política, no una pelea de gallos más propia de los bajos fondos. Merecemos incluso consensos en asuntos esenciales como la violencia de género, a pesar de que muchos piensen que eso es ya demasiado pedir. Debatan ustedes, háblense son respeto y defiendan con dignidad sus posiciones, pero no se rebajen a la pelea en el barro. No queremos circo de gladiadores ni lucha libre americana. Ahórrennos la vergüenza. Guarden la compostura.

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