Cada temporada la publicidad nos incita a experimentar nuevas bebidas, muchas de las cuales nos llegan a través de los anuncios. Algunas de ellas desaparecen al cabo de un tiempo. No arraigan en los gustos del público. Son productos comerciales efímeros, sin el suficiente gancho comercial. Hay, sin embargo, bebedizos que perduran más, acaso por el sesgo ecológico, bioloquesea, etc. que dicen tener. Ya se sabe, todo lo que suene a orgánico, sostenible y «alcohol free» suele gozar de un plus a la hora de elegir entre productos similares en los estantes (ahora dicen lineales) del supermercado.

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Yo me quedo con lo clásico, entendiendo por tal un producto como el té, que en verano admite aditivos congelados, aunque a los ingleses les suene a atentado contra las más arraigadas esencias patrias. Parecido a lo que opinaría un colombiano ante el café con hielo. Personalmente opto por el té de toda la vida, con una nube de leche o con limón y, por supuesto, bien caliente. Con el té, el gintonic y la austeridad gastronómica los anglosajones forjaron un imperio. Aparte de la cerveza, los británicos también toman agua de cebada, hidromiel y en invierno es frecuente recurrir al zumo de manzana caliente para combatir los resfriados.

Leandro Fernández de Moratín ironiza en uno de sus apuntes de 1793 sobre los hábitos londinenses acerca de lo que a sus ojos era el complicado rito del té. Según ordenan las estrictas normas de etiqueta, un total de veintiún elementos eran imprescindibles: jarrón, tetera, cuchara, taza, platillo, diferentes bandejas… Y concluye con la siguiente reflexión: «¡Cuántas manos han de trabajar para que el cortesano sorba un poco de agua caliente»! Digamos, como curiosidad, que Moratín también se sorprende de que la beber en exceso no sea considerado por los ingleses como un defecto grave, siempre que se empiece brindando por el rey. Y escribe: «El Príncipe de Gales se emborracha todas las noches». Décadas después, el apretado corsé victoriano pondría coto a esos excesos alcohólicos.

Volviendo al té, que se expandió desde China, parece que la palabra entra primero en neerlandés, hacia 1635, y pasa luego a Inglaterra y Dinamarca. En Francia cobra carta de naturaleza en la segunda mitad del XVIII. Pero nuestros vecinos portugueses reclaman para sí el privilegio de haber adoptado el té antes que los propios británicos de la mano de la reina consorte Catalina de Braganza, dama refinada que promovió la elegancia de tomar el té entre la aristocracia inglesa tras la llegada al trono de su egregio esposo Carlos II. Por lo que a nuestra lengua respecta, el embajador Bernardino de Rebolledo hablaba ya en 1650 del té como bebida medicinal muy apreciada en la corte de Cristina de Suecia. Como quiera que sea, el té movió una buena parte del mundo.

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