Secciones
Destacamos
Flavio Vegecio Renato fue un escritor del Imperio romano del siglo IV. Pese a que apenas se sabe nada de su vida excepto lo que él mismo dijo en sus obras, al tal Vegecio se le atribuye, al menos en cuanto al fondo de su significado, el dicho «Si vis pacem, para bellum» (si quieres la paz, prepárate para la guerra), una máxima que los analistas políticos y, como no, los periodistas estamos desgastando desde hace aproximadamente una semana, cuando se conoció aquella recomendación desde Bruselas, la de que vayamos pensando en tener un casa un kit de supervivencia por si la cosa se pone difícil en el este de Europa.
«Quiero mandar un mensaje de tranquilidad a los ciudadanos», decía el pasado viernes sobre el tema la aún vicepresidenta del Gobierno María Jesús Montero. Cuando un gobernante evita decir claramente «vamos a tranquilizarnos» y en su lugar usa la manida expresión de «quiero mandar un mensaje de… « lo que sea, el primero que no está tranquilo es el gobernante. Algo parecido a la perla que soltó ayer en el Parlamento la comisaria europea de Preparación y Gestión de Crisis, Hadja Lahbib, sobre esta recomendación para que los hogares europeos tengan suministros que les duren 72 horas. «No va de prepararse para la guerra o alarmar a la población. Es al contrario: va de crear conciencia y preparar a nuestros ciudadanos de manera activa». O sea, señor Cosme, que no quiero decirle que a su perro se le haya atropellado un camión, pero vaya pensando en vender la caseta del jardín.
Suenan tambores lejanos. La verdad es que ninguno de mi generación pensó jamás que esto podría suceder, pero unos y otros ya han empezado a considerar una posible guerra en el horizonte europeo, aunque sin querer pronunciar esa palabra maldita. Y esto es algo muy serio. La llegada al poder del teleñeco naranja y el terremoto geoestratégico que han desencadenado en todo el mundo sus primeras decisiones han obligado a todos los agentes a reconsiderar las prioridades. Como ciudadano, yo puedo rebelarme y patalear contra la guerra, pero a nadie se le escapa que un dirigente nacional tiene entre sus cometidos el de proteger el territorio que un día le encomendaron gobernar. Y si tiene alguna duda al respecto más vale que deje cuanto antes su puesto a otro.
Lo más cerca que yo he estado de una guerra es el servicio militar, cuando nuestros mandos jugaban con nosotros a simularla. Fue hace mucho, mucho tiempo. Aquel año que vi de cerca el Ejército fue para mí un máster en antimilitarismo, un acercamiento poco edificante a la gestión corrupta, una exaltación de valores cuestionables, una bofetada de realidad sobre la disparidad de la juventud española de la época y un campo de minas de casos de bullying diarios. Al menos esa fue mi experiencia como tierno recién licenciado en la Universidad. Las sólidas amistades que allí hice me ayudaron a salir mentalmente ileso y que ahora recuerde todo aquello como una pesadilla lejana.
Tuve un tiempo alergia a vestir de verde, pero de todo lo demás me repuse muy rápido. Hace poco volví al escenario de los hechos, la bella ciudad de Estella, joya del Románico en el Camino de Santiago, donde además se casaron mis padres. A pocos metros de aquella basílica y donde estuvo el cuartel se levanta hoy el edificio del juzgado, donde casualmente hace poco ocupó plaza como letrada mi sobrina mayor. El simbolismo es tan facilón -menos Defensa, más Justicia- como tramposo, lo sé. Un Estado necesita fuerzas armadas. Por suerte, aquellos brigadas chusqueros y barrigones que robaban de la asignación ya son historia y el Ejército profesional de hoy merece mis respetos. Pero más que de Vegecio soy de Paco Ibáñez, cuando cantaba «... que la música militar/ nunca me supo levantar».
Publicidad
Publicidad
Publicidad
Publicidad
Esta funcionalidad es exclusiva para registrados.
Reporta un error en esta noticia
Comentar es una ventaja exclusiva para registrados
¿Ya eres registrado?
Inicia sesiónNecesitas ser suscriptor para poder votar.