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El dilema del espantapájaros

Se acercan, sujetan la tapa, esa tapa con Dios sabe qué, que usted y yo intentamos por todos los medios no tocar

Miércoles, 2 de abril 2025, 06:00

No diré exactamente dónde, pero allí están casi cada noche. En Salamanca, año 2025, hay personas que buscan comida en los contenedores de basura. Antes de que pasen los camiones de recogida, esperan pacientes el cierre de los supermercados. Después, con una dolorosa naturalidad de quien hace eso cada día, se acercan, sujetan la tapa –esa tapa con Dios sabe qué, que usted y yo intentamos por todos los medios no tocar, no rozar siquiera cuando depositamos nuestros residuos–, y empiezan a evaluar qué merece la pena.

Somos rutina los unos de los otros, pero nunca es exactamente la misma hora. Hay días en los que, pienso, ya no están (o quizá simplemente es que no han ido, por algún ritmo interno de ese supermercado que tal vez hayan aprendido a leer en su basura y que les hace descartar quizá los miércoles); otros en los que, tapa abierta, los oigo inspeccionar entre plásticos lo que creen que puede ser aún útil pese a vencimientos de caducidad o taras que expliquen la presencia en el contenedor. En esos momentos, aunque sé que lo que menos les importa es que pase yo o Francisco en su papamóvil, intento pisar ligero y por la penumbra. No molestar.

A veces son días en los que rumio cabizbajo algún residuo de la jornada. Problemones que me tienen cogido del cuello y que de repente el frufrú de los plásticos hace tan pequeños que hasta me avergüenzo.

Y, en fin, hay días en los que ellos aguardan la contraseña de la recogida. Sentados, tranquilos, como una cuadrilla antes de retomar el tajo. Ahí a veces me puede la curiosidad y trato de captar algún retazo de su diálogo. Si algo trato de aprender de Carmen Martín Gaite es la certeza de que en las conversaciones de la gente de a pie late el espíritu de cada tiempo. Aunque nunca podré escribir como ella, no me privo de copiarle el método.

En 'El Espantapájaros', Lion (Al Pacino) le pregunta a Max (Gene Hackman) si cree de verdad que los cuervos tienen miedo de los espantapájaros y le expone su teoría de que en realidad los pájaros se parten de risa del muñeco, pero, como agradecimiento al granjero que les ha hecho reír, deciden irse y no molestar más en su sembrado. Son dos vagabundos que acabarán siendo amigos. Se dice que Hackman (que ojalá se fuera caminando hacia la muerte aún con la lucidez de saber que no dejó tras de sí una mala escena) estuvo semanas preparando el papel entre los sintecho.

Pero junto a ese contenedor no están Max y Lion filosofando, sino dos personas reales que, al menos cuando yo paso, hablan fundamentalmente de comida. Recuerdan tal o cual hallazgo entre bolsas como si hablaran del menú de Diverxo, discuten sobre los límites de caducidad de un yogur y, a veces, confían en un día benigno que les traiga ese producto. Nunca les he escuchado hablar de quitas de deuda, identidades históricas, ni cierre de fronteras. Ellos viven en otra guerra, sin kit de 72 horas ni pastillas de yodo.

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