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Hace algo más de una semana, el alcalde de la ciudad anunciaba que la reforma de la Plaza de Los Bandos comenzará el próximo año, tras décadas de polémicas e ideas que no condujeron a nada, sobre todo debido a la inconsistencia de los proyectos que fueron sucediéndose. Sobre la futura obra, al parecer ya hay un diseño ganador, el cual debería tener una enorme importancia dado el emplazamiento y su repercusión urbana. Y como todo proyecto que se anuncia, miedo me da, pues no hablamos de que sea algo más o menos atractivo, sino del futuro de una ciudad tradicionalmente maltratada y con un futuro urbanístico tan hipotecado y tan ñoño, tan pueblerino, en el sentido más caduco de la palabra. Miedo me da, sí, pues en Salamanca cuando se presenta una obra de cierta envergadura, caen con alegría las losetas de granito, los enormes bordillos, y en general cualquier cachivache que pueda seguir robándole el alma y la vida a estas ciudades que un buen día alguien decidió forrar de piedra gris, y todos le siguieron.

La plaza de Los Bandos, posiblemente uno de los lugares más privilegiados junto a la de La Libertad y Colón, requiere un mimo muy especial, pues de su remodelación dependerá que Salamanca tenga hechuras de ciudad moderna, elegante, valiente, diferente, o de un pueblecito castellano dormido al sol. No se pueden consentir más atropellos y vulgaridades y vuelvo a referirme al aciago día en el que unos políticos desalmados e ignorantes -además de catetos a babor y a estribor- decidieron derribar el «Gran Hotel» para levantar en su lugar un mamotreto en el mejor y más bello solar de Salamanca. Muy pocos en aquellos días no tan lejanos vimos la salvajada y como se cercenaba el pulso social y urbano de la ciudad, de su centro histórico, hoy convertido en un bocata de jamón para el turista actual… Y entonces se quedaron tan panchos. ¡Lo hemos hecho!, dirían orgullosos los irresponsables de semejante crimen del que jamás se recuperará Salamanca.

Y sirva como ejemplo el atentado contra el «Gran Hotel» para subrayar la necesidad imperiosa de llevar a cabo en Los Bandos una remodelación de premio Pritzker. No vale cualquier cosa, cualquier loseta, cualquier arbolito… Hablando de plazas, sigo viendo hoy esa otra gran «cagada» que fue la destrucción-remodelación de la Plaza de la Constitución, y me echo a temblar. Salamanca no necesita más puñaladas, más ocurrencias, más granito, más de lo mismo, más casetas en Ferias… y más peatonalizaciones. Necesita cariño e ideas que hagan ciudad. Pero miedo me da.

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