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En estos tiempos convulsos y completamente fuera de control, no me gustaría ser juez, ahora y como nunca en el punto de mira de la carroña política. Del prestigio y la independencia que se le suponen a la Justicia, y del respeto que se le debe, hemos pasado a un acoso continuado, aunque más que acoso se trata de una cacería humana y democrática; una cacería emprendida desde la política y hasta desde la propia Justicia, esa justicia, con minúscula, puesta a dedo para delinquir, para proteger a sus «señores». Porque España, sirva como nota al margen, sigue siendo un país lleno de inútiles colocados «a dedo», incluidas prostitutas en nómina pública, fiscales generales del Estado imputados o sicarios jurídicos en el Constitucional.
La penúltima, siempre la penúltima, ha corrido a cargo de María Jesús Montero, decretando el fin de la presunción de inocencia y el blindaje de la mujer sólo por el hecho de ser mujer; ha sido la penúltima de un grupo salvaje con derecho a hacer lo que le dé la gana, porque de momento parece que le ampara la impunidad. Ni la Constitución ni la Ley son obstáculos para esta banda, y ni siquiera muestran un mínimo recato. Lo de Montero es criminal en alguien que se tiene -de eso presumen- por demócrata. Ni el franquismo obró así con la Justicia y con la Ley. Hasta Dios figuraba por testigo. Ahora han cambiado a Dios por porteros de puticlub.
La Justicia está siendo vituperada hasta extremos que rozan el terror de nuestra propia seguridad jurídica. La política ha estrangulado la independencia y las garantías judiciales con una soga hecha de furia y totalitarismo. Los jueces, hoy, están desprotegidos, a la intemperie, como una pobre jueza de Barbate a la que hace unos días le destrozaron su coche. El terror narco de México cada día está más cerca. Y estos, los Bolaños, silbando e insultando.
Sólo me gustaría ser juez en estos tiempos de locos para quitarme la toga y tirarla a la basura, quemar las puñetas a la entrada de un juzgado o blasfemarle a la cara del ministro de Justicia (de Justicia, jajajaja) al grito de «¿se puede saber qué cojones hacéis?». Aunque más que hacer, estos ministros perpetran, pues hacen de la Ley, su ley, un sayo, retorciéndola, ignorándola, incumpliéndola y saltándosela a la torera. Hoy me gustaría ser juez para que toda esta jauría humana sintiera cómo duele el peso de la Ley.
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