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Con permiso de la autoridad eclesiástica proclamo que este domingo también reluce más que el sol por ser el Día del Calderillo. No hace falta ... añadir “bejarano” a “calderillo” porque es un dato de cultura general. Un año más se echa el vecindario al monte del Castañar con sus calderos y allá que se pone a concursar como Jero Hernández pero sin tele; el auténtico premio es presumir durante todo un año del mejor calderillo como los de Doñinos hacen con sus tartas al llegar San Marcos. Aviso: los que vamos de curiosos tenemos el calderillo popular gratis tras la correspondiente cola. A uno le parece una cita muy seria y necesaria, sobre todo en estos momentos de enfado social por la incompetencia política; porque un buen calderillo hace que te olvides de todo. Lo han comprobado, entre otros, todo un premio Nobel como Camilo José Cela, cuya reseña se une a las del gran cronista del guiso, Rufino Agero Teixidor, incluidas también en el extraordinario libro de gastronomía bejarana de los hermanos Sánchez Paso. Y aunque nadie duda de que cada maestro tiene su receta del calderillo, este tiene su liturgia y sus señas de identidad, entre las que se encuentra la patata.
La patata es noticia estos días porque están los agricultores escarbando con afán y agobio la tierra para sacarla y hacerlo rápido antes de que los precios se hundan más. Lo saben muy bien por las tierras de Arabayona o Cantalpino. Pascual Madoz, en su inventario de las riquezas de España en 1848, ya incluía a la patata entre los cultivos importantes de varios pueblos salmantinos. Y aunque la patata americana tardó en cuajar en nuestra cocina, cuando lo hizo le sacamos su provecho. Imagine a la cocina nacional sin la tortilla de patata, sin el puré de patatas, sin las patatas con bacalao o ternera, o las calderetas y el cocido, qué quiere que le diga de las meneás, revolconas o de herradero, de las panaderas y las populares y socorridas “bravas” de nuestros bares, o las patatas fritas, las de verdad y las “chips” de bolsa, con las que el cocinero José Andrés hizo hace unos días en la televisión americana una tortilla de patata por lo que algún majara ha pedido que se le quite la nacionalidad española, olvidando que Ferrán Adriá hizo décadas atrás una deconstrucción de la popular tortilla empleando esas patatas chips. Me cuesta imaginar nuestro entorno alimenticio sin la patata. La carmelitana y teresiana patata –hay quien dice que Santa Teresa inventó la patata frita–, la que recompuso en la hambrienta Salamanca de 1843 al viajero William Henry Giles Kingston en forma de “puchero de patatas hervidas humeantes”, la misma patata que los pastores salmantinos o abulenses dejaban dar vuelta en sus pucheros al fuego (meneándose) hasta que se hacían puré y aliñaban con pimentón (las meneás) o la que los obreros fabriles bejaranos llevaban en sus calderillos a los telares para comer. La misma patata que salvó hambrunas inmensas desde Irlanda a Francia, donde la hicieron suya con Parmentier (que da nombre cursi a platos de patata) mientras aquí olvidamos a su primer importador, Pedro de Cieza, para cabreo del nacionalismo gastronómico español, encabezado por Dionisio Pérez. Siempre nos pasa lo mismo.
Los años han convertido a los arroces en platos de fiesta con algunas excepciones, como la del Calderillo de hoy. Y qué fiesta. No tenemos muchas así en Salamanca. Por recordar algunas: la patata tiene su día en Arabayona, la cereza en Madroñal, el farinato en Ciudad Rodrigo, la fresa en Linares, el chorizo en Candelario, el jamón en Guijuelo, la almendra en La Fregeneda... Yo creo, modestamente, que podemos inventarnos algunas más. Al fin y al cabo, de la panza sale la danza. Feliz día, bejaranos.
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