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EscribeE Luciano González Egido en su novela salmantina “La piel del tiempo”: “Tardarán en cerrarse las heridas de la guerra y algunas sobrevivirán a ... los combatientes”. Cierto. El cerro de San Vicente, uno de los espacios más castigados durante el asalto a Salamanca en 1812 continúa siendo una herida de guerra. El monasterio de San Vicente se hizo fortín francés, que batieron con artillería formidable los de Wellington desde el otro lado del río. Hay relatos, pero basta leer el capítulo correspondiente en la “Historia de Salamanca” de Villar y Macías para hacerse una idea. Fortín francés que formaba parte de un conjunto de fortificaciones en las que trabajaron forzados los salmantinos, como se apunta en el Episodio Nacional “La Batalla de los Arapiles”: “soldados y paisanos trabajan llevando escombros, abriendo zanjas, arrastrando cañones, amontonando tierra, acabando de demoler lo demolido a medias, o reparando lo demolido con exceso”. Se preparaba la batalla de Salamanca, que, con permiso del fortín de San Cayetano, tuvo su epicentro en San Vicente. Un baluarte, dice Galdós: “dos, cuatro, seis, ocho cañones nada menos. Esa da miedo”. Del miedo se pasó a la desolación, sentimiento que arrastra por las ruinas de Salamanca el padre de Ramón Mesonero Romanos y este narra en “Memorias de un setentón”. Aquí están ya los destrozos, los fragmentos esparcidos de San Vicente y otras reliquias del pasado monumental salmantino, que darán nombre al barrio de los Caídos. Fragmentos con su historia y su arte que también darán forma a los Milagros, el barrio surgido cerca del Cerro, que tomaba el nombre de la puerta de Los Milagros que se abría al final del arroyo de la Palma, cerca del Tormes. Las casas de esa zona se hicieron con las consecuencias de aquella batalla, cuenta José de Juanes, algunas de las cuales regresaron a su origen y formaron parte de lo que iba a ser el Museo de Salamanca en el Cerro de San Vicente.
La reforma prevista del Cerro de San Vicente, que se dispone a acometer el Gobierno de Carlos García Carbayo, no debe olvidar este hecho. Hoy es un recurso turístico y lo será aún más; se convertirá en un lugar de paseo, admirado por la arquitectura de sus jardines en las laderas y sus vistas, pero debe también recordar que además de la primera ciudad ahí tuvo lugar una formidable batalla que partió a Salamanca, la sumergió en una crisis profunda de la que tardó más de un siglo en comenzar a recuperarse. Pudo perder en ella hasta su Universidad. En muchos sentidos es un lugar sagrado, un recordatorio de lo que decía González Egido: hay heridas de guerra que sobreviven, incluso, a los propios supervivientes. No hace falta que sean de guerra, incluso.
El Cerro de San Vicente no es un espacio más de la ciudad. Es, probablemente, uno de los últimos espacios urbanos que quedan por recuperar e integrar en ella —el “Botánico”, es otro— y por eso hay que hacer las cosas muy bien. Si han pasado doscientos siete años del episodio, podemos esperar alguno más. Pero hagamos lo que sea con criterio y considerando todo aquello que sea necesario.
Aquel asalto a Salamanca fue el preámbulo de la batalla de Los Arapiles, que marcaría el futuro de Napoleón y de Europa. Y todo tuvo lugar por estos días. Aquí.
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