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Fatigados de tanto conocimiento nuestros turistas caen en los brazos de los cocineros de aquí. Y hay unos cuántos. Y “cuántas”, porque ellas comienzan a ... encontrar sitio entre los fogones salmantinos. Turistas que descubren con su necesidad de comer el arte de nuestras cocinas (“Arte de Cozina” tituló Domingo Hernández de Maceras su libro en nuestro Siglo de Oro), que atesoran una estrella Michelín desde los tiempos de Víctor Salvador,Chez Víctor, algunas menciones en la aún influyente guía roja, varios soles en la Guía de Repsol, cada vez más influyente, y citas muy destacadas en sagradas escrituras de la Gastronomía, como la recién publicada en “Tapas” donde se estrena Rocío Parra, “En la Parra”, uniéndose así a otras casas de comidas mencionadas en ediciones anteriores (Rivas, Gonzalo, Alquimista...). Hoy el turista sabe que viene a Salamanca con la garantía de encontrarse con la cultura y la buena comida. Y se lo gasta. Un hecho que le debemos a vetones y vacceos, que se repartieron antes de Cristo la provincia: al norte del Tormes tú siembra y al sur yo, crío ganado. Más o menos. Luego, la Corona reclamó que la ciudad estuviese bien abastecida para que profesores y estudiantes comiesen bien y fundó universidad. Los estudiantes, en general, siempre han comido mal (solo hay que ver sus frigoríficos), pero el Estudio ha dado de comer en buenas condiciones, también en general. Y aunque hemos pasado penurias en muchos momentos, actualmente nuestra despensa es una pequeña maravilla y nuestra cocina maravilla, o eso parece.
Es justo reconocerle al anterior concejal del ramo, Julio López, los esfuerzos. Unió al sector en empresas de promoción, como Madrid Fusión, y en plataformas gastronómicas como “Salamanca para comérsela”, además de concursos y jornadas. El nuevo concejal, Fernando Castaño, tiene la difícil tarea de mantener e innovar, porque es sabido que al camarón que se duerme se lo lleva la corriente. También la Asociación de Empresarios de Hostelería, con su nuevo presidente, Álvaro Juanes, tiene arte y parte en esto de mantener y mejorar lo que hay. La propia Diputación, cuyo diputado, Javier García Hidalgo, ha puesto en marcha alguna iniciativa provincial abierta a sinergias con la capital, tiene tarea. Y luego está el talento profesional y empresarial de cada uno. Desde luego, el asunto es para tomárselo en serio a la vista de los millones que mueve. Y aunque este año no hay centenario universitario de tirón, algo se nos debería ocurrir, porque, además, el parque hostelero salmantino ha crecido notablemente y la pregunta surge: ¿hay para todos? Tiene que haberlo. Es el objetivo. Tanto ha crecido que las terrazas de la Plaza Mayor tendrán que adelgazar o estirarse. Una Plaza que en cien años ha pasado de centro comercial a azogue hostelero donde conviven cafés con helados y restauración. Y una Plaza Mayor que reúne a su alrededor varias docenas de espléndidas casas de comer y tiendas de alimentación, como si hubiera renacido una Plaza de San Martín, pero con restaurantes y locales de comestibles en vez de los cajones fijos y movibles del viejo mercado con sus áreas especializadas.
Tan importante es nuestra gastronomía para el turismo, que todos los días grupos de turistas visitan el Mercado Central o de Abastos con su correspondiente guía, se conciertan visitas para conocer el chocolate con churros y hasta se asoman a las barras para conocer de cerca qué es eso del tapeo. Y aunque no son horas, qué puedo decir del hornazo, y el jamón y el embutido en general, santo y seña de los recuerdos o suvenires salmantinos, que garantizan una exitosa vuelta a casa. Sobre todo, el recibimiento.
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