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Fatigados de tanto conocimiento nuestros turistas caen en los brazos de los cocineros de aquí. Y hay unos cuántos. Y “cuántas”, porque ellas comienzan a ... encontrar sitio entre los fogones salmantinos. Turistas que descubren con su necesidad de comer el arte de nuestras cocinas (“Arte de Cozina” tituló Domingo Hernández de Maceras su libro en nuestro Siglo de Oro), que atesoran una estrella Michelín desde los tiempos de Víctor Salvador,Chez Víctor, algunas menciones en la aún influyente guía roja, varios soles en la Guía de Repsol, cada vez más influyente, y citas muy destacadas en sagradas escrituras de la Gastronomía, como la recién publicada en “Tapas” donde se estrena Rocío Parra, “En la Parra”, uniéndose así a otras casas de comidas mencionadas en ediciones anteriores (Rivas, Gonzalo, Alquimista...). Hoy el turista sabe que viene a Salamanca con la garantía de encontrarse con la cultura y la buena comida. Y se lo gasta. Un hecho que le debemos a vetones y vacceos, que se repartieron antes de Cristo la provincia: al norte del Tormes tú siembra y al sur yo, crío ganado. Más o menos. Luego, la Corona reclamó que la ciudad estuviese bien abastecida para que profesores y estudiantes comiesen bien y fundó universidad. Los estudiantes, en general, siempre han comido mal (solo hay que ver sus frigoríficos), pero el Estudio ha dado de comer en buenas condiciones, también en general. Y aunque hemos pasado penurias en muchos momentos, actualmente nuestra despensa es una pequeña maravilla y nuestra cocina maravilla, o eso parece.

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lagacetadesalamanca Cocina que maravilla