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El Centro Cultural Hispano Japonés me parece una joya para mimar. Un pasillo que nos lleva a Japón y nos trae de allá gente amable, ... educada, de curiosidad insaciable, tranquila, que ha sabido combinar naturaleza y tecnología con normalidad. Cumple estos días veinte años y muestra una exposición de fotografías que recuerdan el paso de la familia imperial por Salamanca, por la que sus miembros sienten, dice Katsuyuki Tanaka, un cariño especial. El otro día explicó que solo hay en el mundo una sala con el nombre de la emperatriz Michiko, que el emperador acude a los actos relacionados con la Universidad de Salamanca, de la que habla maravillas, y la casa imperial nipona trata al rector como alguien muy especial. Tanaka preside una asociación hispanojaponesa que gestó, de cierta manera, el centro. En una de las imágenes de la exposición se ve al emperador Akihito firmando con solemnidad en la Biblioteca de la Universidad de Salamanca y transmitiendo algo especial. Su reinado, y con ello una era, termina estos días; es una de las causas de la exposición. Pregunté al embajador japonés Masachi Mizukami, cómo está viviendo el pueblo japonés este momento de cambio y me dijo con la expectación de quien asiste a un cambio de era, aunque hoy los emperadores no son aquellas figuras divinas de entonces. Recordé entonces la emoción registrada en los japoneses residentes en Salamanca al ver a sus emperadores tan cerca. Había algo de admiración y reverencia hacia ellos.
En la inauguración de la exposición y la Semana Cultural coincidí con el profesor Román Álvarez, que evocó la figura de Eikichi Hayashiya, japonés, hispanista, estudiante en Salamanca y embajador, que fue clave para iniciar esta relación que Japón y nosotros mantenemos. Una relación en la que nuestros estudios de Asia Oriental y Lengua Española son fundamentales, escuché esa tarde varias veces al tiempo que veía cómo asentían José Abel Flores, Ovidi Carbonell y Antonio López, directores de centro, presentes junto a figuras universitarias como el rector Ricardo Rivero, acompañado de dos vicerrectores, o Ken Thompson, uno de los grandes activistas de la cultura japonesa en Salamanca. Entre los invitados, una vecina de Gifu me comentó el orgullo con el que asisten a Salamanca Hall, auditorio de la ciudad, que es con frecuencia porque programa un buen número de actos de toda dimensión, algo que también me confirmó el propio embajador. Un hombre, por cierto, con un sentido del humor especial. El detalle de la tarde lo puso una joven con kimono, que me convenció de que en una cena con vestidos de firmas top y un kimono, la vista de los invitados se iría a este. Sin duda.
Cultura y política se cruzan en nuestras vidas estos días. Después de aquello acudí al acto de Mañueco, García Tejerina y Milagro Marcos con agricultores: PAC, por aquí; digitalización por allá; regadío ya y saneamiento en el runrún de los asistentes, entre los que se encontraba María Jesús Moro, diputada, que ha vivido unas horas lamentables, que siento especialmente. Un vapuleo vital que me duele, como también la muerte de Javier Viejo, psicólogo, columnista retirado, marido de Marisol Acosta, que estuvo al frente de una agencia de publicidad. Los días vienen, a veces, con una ducha escocesa incorporada y es entonces cuando la cultura nipona y el modo de ser japonés te alivia.
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