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Si la apertura de la frontera con Portugal fue un alivio para muchos, para José Ángel Reyes y los otros dos ganaderos de La Bouza con ovejas de leche, fue literalmente un descanso. Los tres venden la leche a Portugal porque el pueblo solo está a 4,5 kilómetros del país vecino y a una industria quesera de la Sierra de la Estrella les quedaba en su ruta. Hasta los cierres de frontera...
Esos cierres significaron que el puente que une La Bouza con Escarigo quedara sin uso y que si la quesería quería ir a buscar la leche a La Bouza tenía que entrar por Fuentes de Oñoro y, además de hacer 30 kilómetros más de ida y otros tantos de vuelta, debía desviarse de su ruta de pueblos portugueses. Era inviable.
En el primer cierre, del 17 de marzo al 1 de julio de 2020, se salvaron porque un industrial de Hinojosa de Duero, Felipe Hernández, les recogió la leche. “Si no llega a ser por él, habríamos desaparecido. ¿Qué hacíamos con la leche de las ovejas? Es que no podíamos ni tirarla porque no se puede verter”, recuerda José Ángel.
En el segundo, desde el 31 de enero hasta el 1 de mayo de 2021, la industria de Seia (Sierra de la Estrella) se puso en contacto con ellos y les propuso un trato: quedar en el puente de La Bouza-Escarigo, unos en terreno luso y otros en español, y hacer allí el trasvase de leche. Total que José Ángel se compró tanques para llevar la leche, una manguera “y si no llego a tener una pick up me habría tenido que hacer con una”.
Tres días a la semana iba a la frontera de La Bouza, se situaba en la parte española del puente y el camión, portugués, descendía también hasta allí, en zona lusa, con la vigilancia siempre de la policía portuguesa. José Ángel bombeaba la leche desde su tanque y así llegaba a través de una manguera al camión. “Algún día llevé 3.600 litros porque es primavera y las ovejas dan mucha leche. Comen pienso todos los días del año y no es fácil secarlas, es matarlas: te tendrías que pasar un mes sin ordeñarlas”, dice. En la operación tardaban entre media hora y tres cuartos de hora y luego quedaba lavar y desinfectar. No podían compartir tanques con los otros ganaderos del pueblo porque cobran por calidad de la leche y no se puede mezclar.
“Así que cuando nos dijeron que se abría la frontera fue una alegría inmensa -recuerda-. Decían el 15, luego el 31... siempre se retrasaba y no llegaba el día”.
Su padre ya vendía la leche a Portugal y él no conocía otro mercado desde que cogió la explotación al acabar de estudiar para ser auxiliar administrativo. A sus 44 años no se había visto antes en una situación tan complicada. “Esto no era tranquilidad. Bastante tenemos ya con el trabajo con estos animales, que son de ordeño por la mañana y de ordeño por la tarde como para encima complicarnos más”, cuenta.
Afortunadamente José Ángel esta casado con una portuguesa y ella podía pasar la frontera porque el problema no solo era por la leche: cobran de la industria quesera a través de un banco portugués y, además, en su caso tienen terrenos en el pueblo de su mujer, que tenían que abonar. “Un amigo nos hizo el favor de echar el abono pero llega a coincidirnos con la siembra y perdemos el año”, cuenta José Ángel.
Él también depende de Portugal para comprar, por ejemplo, sorgo, o para tratar las pezuñas de las ovejas. “Allí encuentro enseguida producto y a buenos precios y encima la mitad de mi familia está allí”.
Para los portugueses reconoce que tampoco ha sido fácil: “Vienen a por gasolina, al supermercado, les cuesta aquí la mitad una bombona de butano, menos la alimentación, el tabaco, material ganadero, paja, piensos...” “Lo hemos pasado muy mal todos”, apunta.
De otro cierre de frontera no quiere ni oír hablar.
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