La gente huye del campo y los que se quedan en él pasan los días pensando en los que se fueron. Hoy, los pueblos viven ... de recuerdos. Sus casas cerradas evocan ausencias y vacíos, y sus calles son espacios de desolación donde sobreviven los gatos y las lagartijas en un silencio aterrador. A esa España ahora se la llama España vaciada y se manifiesta hoy en Madrid, en este día dedicado a la copia de seguridad tan necesaria en estos tiempos en los que sabemos que dentro de la Policía se espiaba y manipulaba con perversas intenciones. Se apunta a Villarejo, Jorge Fernández, Ignacio Cosidó..., que parecían gente de bien y llevaban a la España vaciada y llena en el corazón y el discurso. Ya. Hasta la vice Soraya podría estar en la pomada. Por asuntos así es preciso mantener el campo abierto como refugio, como playa de los ahogados, el primer libro de Domingo Villar, magistral, que el viernes presentó en Salamanca su nueva obra, “El último barco”, solo para devotos. La novela negra, su dominio, cuenta aquello que sucede y de lo que no hay pruebas para ser publicado en un periódico. Pero la realidad siempre supera a la ficción.
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Los que se quedan en el campo también esperan a los que vivimos en la ciudad y vamos allí a reconocernos en la naturaleza, huir del ruido y comer pan de pueblo, o sea, pan. En la ciudad crece una nueva naturaleza, que se llama arte y ocupa calles en el Barrio del Oeste, que es un oasis dentro de catálogo de barrios. Se exponen por aquí y por allá obras inspiradas en trabajos de investigación de Alicia Segurado, Gabriel Gutiérrez, Carlos Hernández, Sara Casamayor e Isabel Márquez. La muestra urbana y a la intemperie se inauguraba al tiempo que se anunciaba el Premio Castilla y León de Investigación a Vicente Rivas Arnau, lo que nos recuerda que abril es también el mes del día de la Comunidad, que llegará cuando se apaguen los pregones de Mateo Hernández o Abraham Coco y los cirios, y se encierren los pasos en sus sedes y el aire se llene de pascua y hornazos. Para entonces, habrá cerezas en las fruterías. No hace falta bajar al Jerte a ver los cerezos en flor, los hay también en nuestra Sierra, con topónimos que nos hablan de esta fruta y bancales con cerezos y guindos. Aún se siguen metiendo guindas y cerezas picotas en aguardiente en algunas casas serranas para el postre y cuando cuesta conciliar el sueño. Pongamos que por el cambio de hora.
Han puesto en Madrid una placa al controvertido Marcos Ana, y en Salamanca, la calle de Muñoz Torrero, que antes estuvo dedicada a falangista Francisco Bravo, luce cartelería en las tiendas explicando quién fue este cura liberal, padre de la Constitución de 1812 y víctima de Fernando VII. Seguimos esperando los medallones de Alfonso IX, padre de la Universidad de Salamanca, Luisa de Medrano y Beatriz Galindo. No perdemos la fe, como tampoco la perdieron los judíos expulsados un día como hoy de 1492 y a los que se ha pedido perdón. Cerraron las puertas de sus casas y se llevaron las llaves pensando en que volverían. La historia se cuenta en Béjar o Hervás, que tuvieron juderías importantes. En Salamanca, de la judería queda el eco del milagro de Vicente Ferrer en la sinagoga que hubo en la calle que después se llamó de Veracruz y el nombre de Abraham Zacut para la biblioteca, que se alzó en terrenos de la judería, que quedó vaciada, como nuestro campo.
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