Las profecías se cumplieron y salimos de la Plaza Mayor con “Nuestra Señora de París”, de Víctor Hugo, bajo el brazo. La novela que ... salvó a Nôtre Dame del abandono y probablemente de su destrucción, y que ahora ha salido de las llamas del olvido y los estantes de Shakespeare and Company para rescatarla de nuevo. Salvarla a ella y de paso a Víctor Hugo, que escribió de Salamanca que “reposa sonriente sobre sus tres colinas, duerme al son de las mandolinas y se despierta sobresaltada por el griterío de sus estudiantes”. Envidio a la catedral francesa por haber inspirado una novela, algo que no le ha sucedido aún a la nuestra, aunque haya aparecido en alguna que otra obra. Por ejemplo, de Luis García Jambrina, y muy recientemente Xaro Cortés. Me parece increíble que un espacio hecho de luz y sombra, música, palabra y símbolos no haya hechizado a ningún novelista. Un lugar vinculado al conocimiento, cuando el manejo de este podía costar la vida; con sus mitos y leyendas, algunas recogidas por el clérigo Florencio Marcos, el historiador Daniel Sánchez, el archivero Mariano Casas con sus lados oscuros, como el claustro de Palamós, y una historia y una memoria de cómo ha ido cambiando Salamanca. Julio Llamazares, que viajó a través de las catedrales y escribió “Las rosas del sur”, dijo que las catedrales son “libros de piedra” de las ciudades, y la de Salamanca lo es, sin duda, desde el acuerdo de levantar la Nueva hasta el sinfín de “Te Deum” interpretados para celebrar el fin de la Guerra. O de la primera parte de la Guerra. Nadie ha hecho novela de lo sucedido en la capilla de Santa Bárbara, ni ha imaginado claves esotéricas en las representaciones repetidas de la adoración de los Reyes Magos, ni ha imaginado historias de su construcción al modo de “Los pilares de la Tierra”. Ya no digo adentrase en las truculencias de la novela negra o libros románticos ambientados en sus sótanos. Nuestra Catedral ha sido objeto del elogio de viajeros, historiadores y expertos en arte o místicos, incluso de escritores, como Pedro Antonio de Alarcón, pero está pendiente de ser escrita su novela, desde los tiempos de don Jerónimo y el viejo azok, hasta los del artista que se jugó la vida llamando a Franco fanfarrón con un vítor “latinajero” en el muro que mira a Anaya más que arriesgado. ¡Qué historia la suya!

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Ahora que la Universidad de Salamanca quiere poner en valor la ciudad universitaria, la que se despierta sobresaltada por el griterío de los estudiantes, tendrá que contar sin duda con la Catedral, donde nació el Estudio y comenzó a tomar forma el conocimiento. Una parte de esa ciudad universitaria fue suelo sagrado antes de desacralizarse, como colegios e iglesias, o convertirse en polvo a cañonazos de Wellington, que vaya usted a reclamarle a su familia que pida perdón. La misma ciudad universitaria que se esparció desde una de esas tres colinas que citaba Víctor Hugo y dieron a Salamanca, en parte, el título de Roma la chica, se desarrolló a partir de la Catedral Vieja, de su claustro y sus capillas convertidas en aulas.

Admito que la Universidad sea el alma de Salamanca, pero la Señora de Salamanca es la Catedral, desde el astronauta que flota ingrávido entre hojarasca barroca –deberían los guías y los listos no dar explicación alguna— a la piedra que golpeó a Antón de Paz, obrero de su construcción, en su cabeza sin causarle daño grave. Una acción del Cristo de las Batallas, pieza llena de misterios por imaginar. En fin, se busca novelista a la altura de Víctor Hugo para Nuestra Señora de Salamanca.

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