Las relaciones de China con Estados Unidos han sido, en tiempos recientes y en palabras de Xi Jinping, como un combate de boxeo sin reglas ... preestablecidas. Un ejemplo de estas extrañas componendas lo tenemos en las idas y venidas de los aranceles que Trump impuso a los productos chinos y su consigna de “compre americano” para potenciar el propio mercado y frenar la invasión de productos asiáticos. Las tímidas e hipócritas alusiones a los derechos humanos o al trato que la China oficial infligía a Hong Kong o a las minorías musulmanas de la región oeste tan solo afloraban de cara a una galería más bien exigua del partido demócrata. Tampoco a Estados Unidos pareció inquietarle ni la tan aclamada (por el gobierno chino) nueva Ruta de la Seda ni siquiera el corredor económico sellado mediante un acuerdo con Pakistán.

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Con motivo de los fastos del centenario del Partido Comunista, China quiso dejar claro ante el mundo que emprendía una nueva etapa basada en esa rara mezcolanza de capitalismo salvaje, comunismo redivivo y, en resumen, un progreso rampante que acabaría con la miseria de muchas regiones y desembocaría en “una sociedad moderadamente próspera en todos los aspectos” (Xi dixit). Los millones de muertos que Mao y su Revolución Cultural se llevaron por delante no existen en la memoria colectiva de los miembros del partido que el supremo líder y máximo genocida fundó un 1 de julio de 1921. El crecimiento económico previsto se refleja en hitos tales como la construcción del mayor planetario del mundo, bibliotecas como la de Shanghai, con 6.000 puestos de lectura o campos de fútbol para impresionar a la FIFA, sin olvidar las universidades, que no dudan en contratar la flor y nata de la ciencia allá donde se encuentre y que siembran de estudiantes los centros de enseñanza superior de buena parte del globo. Y todo ello a pesar de la pandemia cuyo origen aún no nos han desvelado, por lo que todas las hipótesis acerca del virus siguen abiertas.

En resumen, que los chinos se han hecho los amos del mundo, aunque sean incapaces de acabar con la peste porcina. Tienen liquidez y redes económicas en todos los países, invierten en las naciones más ricas en minerales imprescindibles como materia prima para el progreso tecnológico y, por si fuera poco, coquetean con el Afganistán de los nuevos amos, de donde seguramente también sacarán tajada. No les importa negociar con lo más apestoso del mundo islamista-terrorista. Y hasta puede que les muestren los beneficios de emprender una sangrienta revolución cultural de cuño propio. Qué ridículo se siente uno al recordar los tiempos infantiles en los que íbamos de pedigüeños para el Domund con una hucha amarilla en forma de cabeza de chino mandarín. Como el dibujado en las cajitas del flan.

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