El olor de la miseria es inconfundible. No tiene nada que ver con el de las nubes, ni con el de los todoterrenos que gastan ... las oenegeses en sus viajes para comprobar que no se extravía el dinero de sus proyectos.
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La pobreza huele exactamente igual en todo el planeta. Huele lo mismo en la isla de Sumatra azotada por un tsunami devastador que en los centros para niños desnutridos de Bobo Dioulasso en Burkina Faso. El mismo e intenso olor en el basurero de Antananarivo, en Madagascar, que en las favelas inmundas que rebosan violencia en la turística Río de Janeiro. No hay diferencias.
La pobreza huele mal, no nos gusta, hace que nos tapemos nariz y boca, que salgamos corriendo en cuanto sentimos la arcada que antecede el vómito. Y procuramos alejarnos de ella. O la alejamos de nosotros disfrazándola de beneficio para el bienestar común con políticas de aislamiento. Ni oír hablar queremos siquiera de la posibilidad de acabar con la pobreza.
Aunque el mundo sea cada vez más pequeño y las distancias más cortas, la pobreza sigue estando muy lejos. La escondemos. En nuestro civilizado, occidental, progresista y avanzado país sucede lo mismo. Los pobres huelen mal. Y tratamos de ocultarlos. Los confinamos en guetos a los que ponemos nombres rimbombantes como La Cañada Real de Madrid o nuestro Buenos Aires no querido.
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Las consejerías y concejalías, los ministerios y gobiernos de la cosa de los pobres, apenas si invertían en ambientadores para proteger al resto de los ciudadanos del hedor insoportable que emanan estos vertederos humanos. Hasta ahora se contentaban con que la peste provocada por la miseria no llegase a los que pagamos religiosamente nuestros impuestos. Y los que aportamos orgullosos nuestra contribución con el fisco acabamos creyéndonoslo para tranquilizar nuestra conciencia.
Hasta que alguien echó la cuenta y cayó en la ídem de que con 3.000 millones al año se puede dar un mazazo a la miseria -que sale a cuenta- aprobando el ingreso mínimo vital. ¿Nadie se había dado ídem? Una ayuda que llegará a 830.000 familias -2,3 millones de españoles-. ¡Pero qué me cuentas!
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La cantidad es ridícula si la comparamos con los 42.000 millones de euros que pusimos para rescatar los bancos cuando la crisis económica no fue consecuencia del coronavirus. De aquella, la única pandemia que sufríamos era la de la aporofobia de baja intensidad. La misma que siguen padeciendo los que se oponen al fin del pútrido y fétido hedor de la miseria. Esos que viven de vender humo y ambientadores. Los mismos que confunden paguitas, trabajo y dignidad. Todos aquellos que parece que acaban de llegar cuando en realidad nunca se habían ido. Sí, los de que viva España, pero que no viva tanto.
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